
¿Cuantos años sin ver algo igual? No lo sé, no quiero saber, lo único que rescato es esa sensación de hormigueo en mi piel al escuchar a la banda tocar a lo lejos. Música de comparsa.
Mi vida inició en el mismo instante en que escuché música por primera vez, de esa música que lleva sangre en sus notas, que se escribe con raíces folklóricas y se expresa con sudor en la frente.
El alma salía de esa caja cuadrada que llevo en el cuerpo y al ver aquellas caras veteranas reír y disfrutar de la danza, se unió a la algarabía que inundó el pueblo.
Un grupo poco usual, desde Don Nachito (conserje de la primaria donde estudié) hasta una pequeña princesa de escasos tres años, todos llenos de alegría, enchidos de emoción al ver que la gente los rodeaba para admirar sus magestuosos movimientos y más aún, la expresión que en sus rostros florecía. De esas emociones que salen del alma, sinónimo de la pureza del ser. Ser Humano.
Las notas se alejaron, las risas que acompañaron las frases chuscas de esos negritos inigualables permanecieron, comentarios de la insinuación que la coqueta hawaina le hacía a Don Piki quedaron junto con la estela de colores que llegó esa tarde de domingo, un domingo sin comparación.
Mis días comenzaron con el baile, mis pies alguna vez descalzos danzaron por las mismas calles de ese pueblo transformado, pero estoy segura que aunque el final no sea el mismo en practica, si existen notas con sangre y pies calzados por pasión, la música será el oro mismo, ese que sólo encuentras al final de una estela de colores.